Marco Velázquez nació en Puebla en 1972. Para alguien ajeno a esa ciudad, la fecha no significa nada. Pero para Marco, un híbrido entre el barrio y la universidad privada, entre el taller y la galería, significa un desarrollo paulatino que lo ha llevado a proponer una pintura valiente y honesta que se ha ganado un lugar en la escena artística. Crecer en Puebla entre los 80’s y 90’s significó contemplar la transformación radical de una metrópoli aristocrática dedicada a la industria textil a una megalópolis que gira en torno a la industria automotriz. Marco brincó del barrio de Xonaca a diferentes colegios privados y públicos donde pudo atestiguar a una sociedad desigual, nostálgica y clasista entre la que se mueve muy bien porque la conoce de arriba abajo. La formación académica de Marco tuvo lugar en la Universidad de las Américas de Puebla, en la licenciatura de Artes Plásticas con especialidad en pintura. Con un espíritu inquieto, Marco ha complementado esa formación oscilando entre dos pasiones: la pintura al óleo y el grabado. Para eso, ha asistido a talleres de serigrafía, técnica calcográfica, manejo de torno y otras especialidades, tanto en Puebla como en otros estados. La obligatoria vuelta a Europa lo llevó a Italia y Países Bajos, donde pudo contrastar lo que se hacía en su ciudad con las tendencias del momento. A su regreso, Marco empezó a cosechar lo plantado y se nota en sus primeras producciones de gran formato. Los numerosos premios y las colaboraciones con el maestro José Lazcarro lo confirman. Su pintura puede definirse como un expresionismo abstracto creativo, un ejercicio contemplativo del óleo brutal de los que requieren un bastidor fuerte para que la pintura tome su lugar a capricho. Si preguntas por Marco Velázquez, el pintor, muchos te sabrán decir quién es. Pero si entre el gremio artístico preguntas por “Marco el de los marcos” también sabrán a quién te refieres. Eso es un indicador de la clase de artista y artesano que es Marco. Un pintor detallista que prepara su obra desde el mismo bastidor, una persona que antes de ensuciarse las manos con pintura, sabe componer el armazón de su bastidor y escoger los mejores materiales para el soporte de su trabajo. Para él se trata de un ejercicio de honestidad: hay que conocer el oficio.

 

© Marco Antonio Velázquez Ramos. Izquierda. Desnudo, 2007. Dibujo en tinta china y acuarela. 
Derecha. Sin título, 1996. Mixta sobre tela, 180 x 150 cms.

 

     Marco alguna vez me habló del famoso tratado de Worringer Abstracción y Naturaleza, que proponía la liberación paulatina  de una visión racionalista sobre el arte, de ese modo de ver que parece ser natural para cualquiera y que no hay posibilidad de contravenir sin ser tachado inmediatamente de tonto, de las convenciones y los gustos simplistas de los que no pueden ver más allá de estilos y formas reconocibles.

     Hay que intentar un nuevo modo de mirar, uno que no esté perturbado ni por el conocimiento ni por la experiencia, que se deje sorprender por las formas caprichosas y por el color. En la pintura de Marco hay un eco de Rothko en la intención de redescubrir el color, recibir el impacto de la croma.

 

© Marco Antonio Velázquez Ramos. Desnudos, 2007. Dibujo en tinta china y acuarela.

 

     Cuando Marco dice cosas como “me gusta dejar que el lienzo tome sus propias decisiones” o “a veces guardo un cuadro por mucho tiempo, porque estoy enojado con él y no lo quiero ver”, podría sonar similar a una serie de lugares comunes entre los pintores contemporáneos. Pero cuando lo has visto trabajar, entiendes que lo dice en serio.     La aproximación de Marco a su propia obra es contemplativa: hay en estos colores, en ese contraste y en esas gotas chorreantes algo del alma del pintor y del mundo en el que vive. Ante su obra, la verdad del desocultamiento tiene lugar lentamente. Está ahí el grito ante lo insoportable, el drama de la soledad existencial que todos cargamos, los destellos de la violencia, pero también la calma de los azules y la paz de una croma más ligera. Pasa lo mismo con su grabado: encontraremos ahí formas torturadas y discordantes conviviendo con otras que se entrelazan armónicamente en un ejercicio único e inmediato que queda fijado para siempre en cuanto la tinta entra en contacto con el aire.

 

 
© Marco Antonio Velázquez Ramos. Izquierda. Sin título, 2014. Óleo sobre tela. 180 x 150 cms.
Derecha. Sin título, 2004. Aguatinta/ácido directo. 

 

     En su obra hay una búsqueda de luz y oscuridad que no refleja precisamente lo sublime, sino lo tremendo, lo inesperado. Estamos ante una obra donde orden y desorden conviven como conceptos creadores. En palabras del mismo Marco, se trata de un trabajo donde el control lo tiene el pintor y a veces lo tiene el lienzo, ambos igual de caprichosos.

     Marco sigue trabajando. Sigue haciendo los que le gusta, un desafío ante un panorama artístico cada vez más frívolo y hueco. Si lo visitas en su taller, es probable que lo encuentres de pie frente a uno de sus lienzos, tratando de decidir si el siguiente trazo será violento o será sutil.

José Luis Camacho Gazca, noviembre de 2017.

 

© Marco Antonio Velázquez Ramos. Sin título, 2016. Monotipo.