Mofle: mandrágora de metal
Los mofles de vehículos automotores han sido utilizados por décadas en México (y seguramente en otras partes del mundo) para elaborar representaciones de seres metálicos, casi mágicos, que por lo general adquieren caprichosas formas humanoides. Estos modernos tótems han cumplido exitosamente con la importante tarea de captar la atención de los transeúntes para anunciarles sobre la presencia de un taller especializado en la venta y reparación de tubos de escape, silenciadores, catalizadores y radiadores; elementos básicos en los sistemas vehiculares de control de emisiones de gases, reducción de la contaminación sonora (ruido) y mantenimiento de la temperatura óptima para el funcionamiento del motor.
La palabra mofle es un extranjerismo en el español que deriva del vocablo inglés muffler 1 (término empleado, alrededor del año 1530, para referirse a un abrigo que cubría la garganta;2 seguramente, para evitar la peculiar ronquera producida por un resfriado); este último concepto se aplica propiamente para designar al dispositivo encargado de atenuar el ruido emitido por la combustión interna del motor. Sin embargo, para el ciudadano común que es ajeno a la terminología automotriz (como su servidor, que sólo sabe que al coche hay que cargarlo con gasolina), un mofle es aquella estructura tubular, con secciones engrosadas en algunos tramos, que serpentea por debajo de la carrocería y de donde llega a escapar humo negro y ruido como síntoma inequívoco de alguna falla presente.
Pero más allá de los intrincados detalles y diseños técnicos que permiten a un mofle cumplir con sus funciones dentro de la ingeniería automotriz, está su pertinaz y obsesivo deseo sobrenatural de adquirir la forma de un ser vivo, principalmente humano, cueste lo que cueste. Así, es posible que en el campo de los hechos fantásticos, el mofle haya logrado su transfiguración al emular el actuar de la mandrágora, mítica planta envuelta en los misterios del Medioevo y rodeada de un poder mágico y místico en el área terapéutica.3 Pero, el atributo que despertó en el mofle su interés por copiar a esta planta, para algunos diabólica,3 fue su raíz tuberculosa de apariencia humana; la cual, es definida a la perfección por el fauno en la película El laberinto del fauno (2006), quien expresa: “Esta es una mandrágora, una planta que soñaba con ser humana”.
Inspirados en la frase anterior, tendríamos que expresar: “Este es un mofle, un dispositivo automotriz que soñaba con ser humano”. Y para que el mofle haya logrado este deseo tan anhelado, no cabe duda que ha recibido gran ayuda de los ingenieros automotrices; quienes, al desarrollar alargados tubos de escape, le abrieron al mofle la oportunidad de contar con extremidades a manera de piernas y brazos. Por si esto fuera poco, el diseño rectangular o cuadrado que se observa en los anchos catalizadores y silenciadores, se ajusta casi a la perfección a la forma de las cajas torácicas y cabezas de la anatomía humana.
Pero, por sí solo, el diseño ingenieril del mofle no es suficiente para concretar su apariencia antropomorfa, el toque mágico o propiamente dicho “el soplo divino” que le ha dado vida a su sueño de ser a imagen y semejanza de los humanos, proviene de nuestras imperfecciones perceptuales y cognitivas de la realidad (de nuestra vista y mente). En otras palabras, nuestro cerebro nos engaña y hace ver un cuerpo humano en donde solo hay tubos de escape retorcidos y silenciadores o catalizadores. Esta situación deriva de una condición creativa e imaginativa inherente a la biología humana, la llamada pareidolia,4 que generalmente no es signo de patología alguna ni mucho menos de situaciones donde intervienen fuerzas sobrenaturales.
Las experiencias relacionadas con la pareidolia ocurren prácticamente en todas las facetas de la actividad humana y se relacionan significativamente con el acervo cultural de cada individuo. Por ejemplo, mientras las personas que profesan una fe cristiana creen ver la silueta de un manto virginal en el fulgor de una ventana o la mirada profunda de los ojos de Cristo en la textura de la madera de una puerta de baño; para aquellos que practican una fe distinta, o simplemente no la tengan, seguramente verán en estos mismos objetos la imagen de buda o de kukulcán.4
El desaparecido astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, expresó que nuestra predisposición para observar objetos donde no los hay, en especial rostros humanos, se encuentra fuertemente arraigado en nuestro cerebro. Asimismo, señaló que esta maquinaria de reconocimiento de patrones que reside en el cerebro, es tan eficiente para extraer una cara del desorden u otro detalle del ambiente que, algunas veces, logra que veamos semblantes donde no los hay (o, en nuestro caso, imágenes humanas en los mofles). En resumidas cuentas, realizamos ensambles de parches discontinuos de claros y oscuros e, inconscientemente, intentamos visualizar un rostro o cualquier otra imagen que nos resulte familiar.5
Es así que mientras existan personas (principalmente los propietarios de los talleres de venta y reparación de estos equipos) que moldeen a los mofles cubiertos por herrumbre y persistan las miradas de curiosos transeúntes que vean en ellos los contornos de las familiares siluetas humanas, se mantendrá vivo el sueño de estos dispositivos automotrices que un día pensaron en rivalizar con la mandrágora al convertirse en mandrágoras de metal macizo.
La palabra mofle es un extranjerismo en el español que deriva del vocablo inglés muffler 1 (término empleado, alrededor del año 1530, para referirse a un abrigo que cubría la garganta;2 seguramente, para evitar la peculiar ronquera producida por un resfriado); este último concepto se aplica propiamente para designar al dispositivo encargado de atenuar el ruido emitido por la combustión interna del motor. Sin embargo, para el ciudadano común que es ajeno a la terminología automotriz (como su servidor, que sólo sabe que al coche hay que cargarlo con gasolina), un mofle es aquella estructura tubular, con secciones engrosadas en algunos tramos, que serpentea por debajo de la carrocería y de donde llega a escapar humo negro y ruido como síntoma inequívoco de alguna falla presente.
Pero más allá de los intrincados detalles y diseños técnicos que permiten a un mofle cumplir con sus funciones dentro de la ingeniería automotriz, está su pertinaz y obsesivo deseo sobrenatural de adquirir la forma de un ser vivo, principalmente humano, cueste lo que cueste. Así, es posible que en el campo de los hechos fantásticos, el mofle haya logrado su transfiguración al emular el actuar de la mandrágora, mítica planta envuelta en los misterios del Medioevo y rodeada de un poder mágico y místico en el área terapéutica.3 Pero, el atributo que despertó en el mofle su interés por copiar a esta planta, para algunos diabólica,3 fue su raíz tuberculosa de apariencia humana; la cual, es definida a la perfección por el fauno en la película El laberinto del fauno (2006), quien expresa: “Esta es una mandrágora, una planta que soñaba con ser humana”.
Inspirados en la frase anterior, tendríamos que expresar: “Este es un mofle, un dispositivo automotriz que soñaba con ser humano”. Y para que el mofle haya logrado este deseo tan anhelado, no cabe duda que ha recibido gran ayuda de los ingenieros automotrices; quienes, al desarrollar alargados tubos de escape, le abrieron al mofle la oportunidad de contar con extremidades a manera de piernas y brazos. Por si esto fuera poco, el diseño rectangular o cuadrado que se observa en los anchos catalizadores y silenciadores, se ajusta casi a la perfección a la forma de las cajas torácicas y cabezas de la anatomía humana.
Pero, por sí solo, el diseño ingenieril del mofle no es suficiente para concretar su apariencia antropomorfa, el toque mágico o propiamente dicho “el soplo divino” que le ha dado vida a su sueño de ser a imagen y semejanza de los humanos, proviene de nuestras imperfecciones perceptuales y cognitivas de la realidad (de nuestra vista y mente). En otras palabras, nuestro cerebro nos engaña y hace ver un cuerpo humano en donde solo hay tubos de escape retorcidos y silenciadores o catalizadores. Esta situación deriva de una condición creativa e imaginativa inherente a la biología humana, la llamada pareidolia,4 que generalmente no es signo de patología alguna ni mucho menos de situaciones donde intervienen fuerzas sobrenaturales.
Las experiencias relacionadas con la pareidolia ocurren prácticamente en todas las facetas de la actividad humana y se relacionan significativamente con el acervo cultural de cada individuo. Por ejemplo, mientras las personas que profesan una fe cristiana creen ver la silueta de un manto virginal en el fulgor de una ventana o la mirada profunda de los ojos de Cristo en la textura de la madera de una puerta de baño; para aquellos que practican una fe distinta, o simplemente no la tengan, seguramente verán en estos mismos objetos la imagen de buda o de kukulcán.4
El desaparecido astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, expresó que nuestra predisposición para observar objetos donde no los hay, en especial rostros humanos, se encuentra fuertemente arraigado en nuestro cerebro. Asimismo, señaló que esta maquinaria de reconocimiento de patrones que reside en el cerebro, es tan eficiente para extraer una cara del desorden u otro detalle del ambiente que, algunas veces, logra que veamos semblantes donde no los hay (o, en nuestro caso, imágenes humanas en los mofles). En resumidas cuentas, realizamos ensambles de parches discontinuos de claros y oscuros e, inconscientemente, intentamos visualizar un rostro o cualquier otra imagen que nos resulte familiar.5
Es así que mientras existan personas (principalmente los propietarios de los talleres de venta y reparación de estos equipos) que moldeen a los mofles cubiertos por herrumbre y persistan las miradas de curiosos transeúntes que vean en ellos los contornos de las familiares siluetas humanas, se mantendrá vivo el sueño de estos dispositivos automotrices que un día pensaron en rivalizar con la mandrágora al convertirse en mandrágoras de metal macizo.
NOTAS
1 Giménes Folqué D (2012). Los extranjerismos en el español académico del siglo XXI. Normas, Revista de Estudios Lingüísticos Hispánicos 3:1-80.
2 Online Etymology Dictionary. http://www.etymonline.com/index.php?term=muffler [Consulta: 29 octubre de 2013].
3 Guerrino AA (1969). Historia de la mandrágora. Medicina e Historia 54:1-16.
4 Cupul-Magaña FG (2007). La pareidolia. Algarabía 39:48-51.
5 Sagan C (2006). El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad, México, Planeta.
2 Online Etymology Dictionary. http://www.etymonline.com/index.php?term=muffler [Consulta: 29 octubre de 2013].
3 Guerrino AA (1969). Historia de la mandrágora. Medicina e Historia 54:1-16.
4 Cupul-Magaña FG (2007). La pareidolia. Algarabía 39:48-51.
5 Sagan C (2006). El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad, México, Planeta.
Fabio Germán Cupul-Magaña
Centro Universitario de la Costa
Universidad de Guadalajara
fabio_cupul@yahoo.com.mx